En vísperas del 2012, ¿una nueva utopía mexicana?

Miguel Ángel Meza / Director Editorial / Consejo Coordinador Empresarial del Caribe. A.C.
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En medio de la efervescencia electoral del momento, y ante las señales que muestran el probable rumbo de la elección del 2012 (con el posible retorno del PRI a Los Pinos), un libro como el de Héctor Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda, Un futuro para México, se erige como una advertencia al proponer un radical programa de ideas que aspira a convertirse en debate nacional y exhorta a una serie de acciones para corregir el camino y no repetir errores del pasado. Muchas de estas acciones, sin embargo, hacen pensar más en una especie de nueva utopía mexicana que en una realidad viable (si bien deseable). El presente texto comenta algunas de las coordenadas que aparecen entre líneas en ese ensayo escrito por dos de los analistas más lúcidos dentro del pensamiento político de centro derecha en México.

Para el lector medio —no especializado en temas políticos y económicos— el ensayo Un futuro para México, escrito por Héctor Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda, es en principio un libro que se agradece, porque se disfruta y da margen para la discusión. Su franqueza en la exposición de ideas —con afirmaciones contundentes y persuasivas— y su precisa síntesis —en brevísimo espacio (poco más de cien páginas)— permiten conocer sin gran esfuerzo la radiografía de los problemas graves que agobian al país, y conminan, de manera polémica, a tomar una postura activa ciudadana ante el futuro inmediato que se avecina.

            El análisis de estos problemas no es nuevo, y la discusión de los mismos ha sido el centro de numerosos debates en los más diversos foros desde hace por lo menos cinco años. De hecho, este ensayo se inserta en una lista de libros recientes que intentan pensar el futuro de México de una manera novedosa y radical, y que expresan el mismo tipo de preocupaciones que desvelan a los autores, aunque en muchos casos señalando vías distintas.

Basta notar los títulos de algunos de estos libros: México: crónicas de un país posible (2005); Pensar en México (2006); Perspectivas sobre la crisis del Estado mexicano (2006); Diálogo social para el proyecto de nación (2006); México 2006-2012: Neoliberalismo, movimientos sociales y política electoral, y Los desafíos del presente mexicano (2006). La mayoría de estos volúmenes son compilaciones de ensayos escritos por algunas de las plumas más inteligentes y críticas de este país, la mayoría ubicada en la academia (sociólogos, politólogos, historiadores) y a la izquierda del pensamiento socio político liberal mexicano.

            En este sentido, lo novedoso tal vez del ensayo de Aguilar Camín y Jorge Catañeda es su intento de amalgamar audazmente ideas surgidas de esa izquierda liberal mexicana —por ejemplo, la propuesta del seguro social universal y el abatimiento de los monopolios privados (o poderes fácticos)— con ideas del pensamiento neoliberal más ultra —como la de propiciar una economía totalmente libre, “sin regulaciones excesivas”, que abra “las capturas estatales del mercado” a la inversión privada, al tiempo que ataque a los monopolios públicos: sindicatos de empresas del Estado (algo que sin duda ya está en curso)—.

            Igualmente novedosa es la propuesta de discusión pública emprendida por los autores —una especie de activismo itinerante en los más variados foros, principalmente universidades—, como si se tratara de una campaña de invitación a la sociedad civil para asumir como propio el intercambio de ideas que proponen y empujar el surgimiento de un movimiento democrático de clase media que construya a su vez una sociedad de clase media constituida por pequeños empresarios:

            Escribir una “nueva épica nacional” que nos defina hacia el futuro —dicen los autores—, sólo se logrará en la medida en que los ciudadanos hagan propia la idea de convertir los comicios presidenciales en un gran debate sobre el México que queremos, y apoyen “una coalición que pueda identificarse en 2012 con esta agenda, la plantee con transparencia al electorado y lo convenza de ello”.

            El libro tiene la virtud de atacar directamente el tema ideológico central de su propuesta —sin preámbulos, presentaciones o justificaciones introductorias—: hay que desterrar el nacionalismo revolucionario del alma patria de los mexicanos, “esa herencia política de estatismo y corporativismo (…) al que una eficaz pedagogía pública volvió algo parecido a la identidad nacional, bajo el amparo de una sigla mítica —el PRI— que hoy es, a la vez, un partido minoritario y una cultura política mayoritaria”.

            Recordemos que Héctor Aguilar Camín, además de novelista destacado y acucioso historiador, es un exitoso empresario editorial, muy activo durante el sexenio del ex presidente de México Carlos Salinas de Gortari, con el cual se le asocia. Su crítica constante a las desviaciones y vicios de la tradición nacionalista, populista y estatista del viejo régimen no ha excluido su cercanía y simpatía con las ideas económicas de los presidentes priístas neoliberales, precedentes a la época blanquiazul.

            Por su parte, Jorge Castañeda —ex Secretario de Relaciones Exteriores con Vicente Fox (de 2000 a 2003) y candidato presidencial en el 2006— es un intelectual y político marcado por claroscuros y giros ideológicos radicales: inició su carrera como militante de izquierda muy activo y se convirtió en un ideólogo liberal conservador —cambio que está señalado con la publicación de su libro La Utopía Desarmada—.

            El ensayo —que como libro empezó a circular en febrero de 2010— fue publicado originalmente en la revista Nexos en noviembre de 2009. Por lo tanto, las propuestas de cambio contenidas en él —enmarcadas en cuatro ámbitos: vigencia del estado de derecho, sustentabilidad del desarrollo, generalización de la sociedad del conocimiento (modernidad tecnológica) y transparencia de las cuentas públicas— han sido suficiente y ampliamente difundidas y debatidas, y abundan en el análisis de la problemática mexicana, una problemática sobrediagnosticada hasta el hartazgo.

            Por lo mismo, baste señalar además de las comentadas, aquellas que parecen ser las más polémicas y contradictorias, aquellas deseables con urgencia pero, al mismo tiempo, poco viables: una es el abatimiento de los monopolios privados y la otra es la vía para lograr el bienestar social arriba mencionado.

La primera parece en verdad utópica, dado el poder inmenso de los grandes capitales en México y en las principales economías del mundo. En la medida en que el sistema financiero actual siga favoreciendo la capacidad de acción impune del gran capital, y los tres poderes del Estado sigan siendo continuamente rebasados por ese margen de maniobra, no vemos cómo los poderes fácticos privados pierdan los controles monopólicos del mercado ni, en consecuencia, su pragmática influencia política.

Y la segunda, la propuesta de una reforma fiscal urgente, incluido el impuesto generalizado al consumo, enfrenta aún demasiados escollos. Eso no impide su carácter urgente: es decir, debe aplicarse una tasa de impuestos que oscile entre 15 y 18 % de IVA sobre todos los bienes y servicios que se ofrezcan en el mercado, sólo si esas partidas quedan etiquetadas para gasto exclusivo e inmediato de la protección social de los mexicanos.

            Por otro lado, llama la atención el planteamiento de la disyuntiva de escoger entre América Latina o América del Norte. Al respecto, el libro concluye que México depende del vecino del norte por razones económicas y migratorias, y, por lo tanto, debe formalizar un mercado común norteamericano, “que incluya lo que excluyó el TLCAN: migración, energía, infraestructura, instituciones supranacionales, fondos de cohesión social, convergencia económica, seguridad nacional —y en el lejano horizonte la moneda única—”.

            Resalta asimismo —cuando abordan el problema de la seguridad pública— su apoyo a la creación de una policía nacional única que sustituya a las policías estatales y municipales, unificando los códigos penales de los estados, tutelada por un Ministerio del Interior (una vez transformada la Secretaría de Gobernación y el CISEN) sin funciones políticas y con rendición de cuentas ante el Congreso.

            Esta propuesta empata en parte con la de Felipe Calderón, quien acaba de anunciar que enviará a la Cámara de Diputados la iniciativa para suprimir las 32 policías estatales, así como a las municipales, con el fin de “enfrentar con mayor eficacia” a la delincuencia organizada y, sobre todo, al narcotráfico. La propuesta del gobierno calderonista consiste en que exista un solo mando central –ubicado en la Ciudad de México-- y 32 coordinaciones estatales, incluido el Distrito Federal.

            En fin, si bien Un futuro para México no matiza en algunos temas —como en el del papel del Estado en la intervención y regulación de ciertos ámbitos de la economía—, enriquece la serie de análisis que con urgencia conminan a reformular las metas de la Nación y aporta sin duda propuestas audaces e imaginativas de soluciones a los problemas del país, aunque muchas de ellas siguen pareciendo tal vez demasiado utópicas.

Lo más importante, sin embargo —para efectos de este comentario— es el carácter de advertencia que hacen los autores ante los futuros comicios del 2012, una advertencia que se deja leer a lo largo del ensayo: si se desea evitar a toda costa la repetición de los vicios ideológicos del pasado y corregir a fondo las fallas estructurales del sistema, es necesaria una gran movilización de la sociedad civil —con la clase media trabajadora, empresarial e ilustrada al mando— que haga de los comicios presidenciales un gran referéndum sobre el México moderno que deseamos, lejos de la partidocracia y al margen de los actores políticos de siempre.