La cara sustentable de la competitividad

Ana Pricila Sosa Ferreira / Universidad del Caribe
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El desarrollo sustentable es un enfoque, una perspectiva para entender y para caminar hacia el desarrollo. Comprende tres dimensiones inseparables: la económica, la ambiental y la sociocultural. Si no se acompañan las tres, no se puede hablar de desarrollo y si no hay desarrollo las sociedades ponen en peligro su viabilidad en el mediano y largo plazo. 

Nace  en el seno de la Comisión Bruntland  de la ONU en 1987 y es presentada como propuesta en Río de Janeiro, Brasil, en 1992, con el compromiso de todos los países del mundo para asumirlo. Ciertamente, al principio se acompañó de escepticismo y críticas desde puntos de vista diferentes, pero fue ocupando el lugar central en las diversas perspectivas de grandes y pequeñas instituciones, empresas y gobiernos.

En la cumbre de Johannesburgo, en 2002 y a 10 años de Río de Janeiro, empresas y organismos económicos internacionales, la sociedad civil organizada y gobiernos, habían convertido esa propuesta general de desarrollo sustentable en una herramienta para el desarrollo en cada uno de los campos económicos (industria, minería, comercio, turismo) y de la sociedad (empresas, instituciones, asociaciones, universidades, gobierno), aplicado a las condiciones y necesidades específicas de cada actividad y de cada instancia. También definieron mecanismos para  medir los avances en cada una.

La competitividad es un término económico que se refiere a la capacidad de obtener y mantener una posición en el mercado a través del  uso óptimo de los recursos (naturales, humanos y organizativos), es decir, a través de la productividad. No se refiere específicamente a empresas; sino que abarca desde nivel micro que puede medir empresas de un giro en un mercado local, que a instituciones de cualquier tipo en el ámbito internacional a empresas de un país frente a otras naciones, y a las propias economías nacionales o regionales (“sistemas productivos”).

Como puede verse, los conceptos de sustentabilidad y competitividad son  cercanos y paralelos.  Ambos tienen como punto de partida la integralidad, el carácter inseparable, por un lado, de sus dimensiones o componentes; y, por el otro, de la propia realidad de nuestro entorno, sea local, nacional o internacional.    

Una empresa que al usar los recursos naturales los depreda o contamina, no es competitiva… ni es sustentable. Una empresa que no atiende las necesidades de su “cliente interno” y no promueve su capacitación, no es competitiva… ni es sustentable,  al igual que las economías nacionales que no invierten en educación ni se enfocan al desarrollo tecnológico. Tanto las empresas, así como las instituciones, o los sistemas económicos, todos requieren igualmente de ser productivos, eficientes, para ser competitivos y también si desean ser sustentables.

Estos tipos de elementos que miden la sustentabilidad, entonces, son igualmente indicadores de competitividad. Los análisis presentados por organismos económicos como la OECD, del propio Banco Mundial, incorporan en este sentido indicadores que tienen que ver con la sociedad (su calidad de vida), con el medio ambiente y, desde luego, con la productividad de las inversiones. Llama la atención, por ejemplo, que la Secretaría de Turismo, SECTUR (en coordinación con los gobiernos de los estados y municipales) se haya responsabilizado de llevar la Agenda XXI para Turismo, es decir, el seguimiento de los indicadores de sustentabilidad y la que analiza al mismo tiempo, la competitividad del sector.

Quizá la expresión más clara de esta relación se encuentra precisamente en el  turismo. La sustentabilidad es un concepto muy fácilmente explicable con los ejemplos de turismo, tanto por la relación obvia que existe entre la salud ambiental y social de un destino y las posibilidades de su desarrollo (o, al contrario, porque los ejemplos de deterioro ambiental y social y su repercusión en turismo también son obvias), como por la exigencia que el mercado establece en esta actividad. En efecto, la sustentabilidad se convierte gradualmente no en una opción, sino en una condición, según las exigencias del mercado. Podemos referirnos por ahora a dos claros ejemplos.

El mercado de turistas es cada vez más sensible y exigente hacia la sustentabilidad. Las empresas están respondiendo a ello, como es el caso de la Federación de Operadoras Europeas, FTO, que cuenta con una  Guía para la sustentabilidad, dirigida a las empresas proveedoras (hoteles, tours organizados, transportadoras, etc), para que cumplan con las condiciones mínimas y se acerquen gradualmente a un óptimo de operación sustentable.

Otro caso son las certificaciones de sustentabilidad. La gran oferta que ya existe actualmente de certificaciones de este tipo, simplemente está expresando la necesidad de las empresas de tener una etiqueta que avale su comportamiento “sustentable” ante los clientes externos que lo están exigiendo. En este sentido, los hoteles de Cancún pueden optar por diferentes certificaciones en sustentabilidad. 

Las empresas turísticas están respondiendo crecientemente al cumplimiento de los principios y política (expresadas en indicadores) de la sustentabilidad. Lo hacen probablemente con una convicción sobre los beneficios que a la sociedad y el entorno generan, pero otras motivaciones indudablemente derivan del mercado y lo que éste exige crecientemente; es decir, responden al afán de mantener un nivel de competitividad en este dinámico entorno de los negocios.

Jefa del departamento de Turismo Sustentable, Hotelería y Gastronomía de la Universidad del Caribe.

Puede consultarse  como:  Federation of tour operators, 2006, Supplier Sustainability Handbook.